E
ntonces Casciari acepta la sugerencia bien intencionada del Chiri –"che gordo, poné la cámara así te vemos" le había dicho–, y aprieta ese botón para que la pantalla gigante se llene de cachetes redondos y al aplauso cerrado no le queda otra que abrirse, tanto que al gordo se le mueve el flequillo en Saint Celoni mientras imposta una sonrisa de esas con oyuelos, de las que usaban los niños en 1950 para venderte Toddy en publicidades color sepia. Dos mercedinos como estos, con un proyecto inclusivo y participativo como este, no podían menos que llegarse hasta el interior (de algún exterior), donde generalmente dios no atiende demasiado, para compartirnos intimidades de una aventura todavía fuera de lo común.
ntonces Casciari acepta la sugerencia bien intencionada del Chiri –"che gordo, poné la cámara así te vemos" le había dicho–, y aprieta ese botón para que la pantalla gigante se llene de cachetes redondos y al aplauso cerrado no le queda otra que abrirse, tanto que al gordo se le mueve el flequillo en Saint Celoni mientras imposta una sonrisa de esas con oyuelos, de las que usaban los niños en 1950 para venderte Toddy en publicidades color sepia. Dos mercedinos como estos, con un proyecto inclusivo y participativo como este, no podían menos que llegarse hasta el interior (de algún exterior), donde generalmente dios no atiende demasiado, para compartirnos intimidades de una aventura todavía fuera de lo común.